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Comunicación de alto impacto: la emoción como pegamento invisible de tus historias 🎭

Foto del escritor: Franco Maestrini
Franco Maestrini
22 may 2025
5 min de lectura

Actualizado: 8 oct


Comunicación alto impacto


Comunicación de alto impacto

Hablar bien no siempre significa comunicar bien.

Puedes tener los datos correctos, una presentación preciosa y hasta haber ensayado dónde respirar. Y, sin embargo, terminar y descubrir que nadie recuerda demasiado qué dijiste.

La comunicación de alto impacto necesita información, claro. Pero también necesita algo que le dé vida.

La emoción.

Me gusta pensarlo así: la información sola es como un mueble sin armar. Están todas las piezas, incluso vienen numeradas, pero todavía no se sostiene. La emoción es lo que empieza a unirlas y consigue que aquello que contamos tenga sentido para quien escucha.

Desde la improvisación teatral trabajamos justamente ahí: en aprender a estar presentes, escuchar y transmitir una idea sin escondernos detrás de un discurso memorizado.


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La emoción crea un puente con quien escucha

Cuando comunicamos únicamente datos, la persona que tenemos delante puede entender perfectamente lo que decimos. El problema es que entender y conectar no son exactamente lo mismo.

Cuando aparece una emoción verdadera, ocurre algo distinto. Ya no estamos simplemente entregando información: estamos invitando a la otra persona a entrar durante unos segundos en nuestra experiencia.

Ahí aparece la empatía.

Imaginemos que alguien explica durante una presentación:

“Durante el último año perdimos un 30 % de nuestros clientes”.

Es información importante.

Pero después cuenta cómo una mañana recibió la llamada de uno de los primeros clientes de la empresa diciendo que se marchaba, qué sintió al colgar el teléfono y qué decisión tomó el equipo a partir de aquel momento.

Seguimos hablando del mismo 30 %.

Pero ahora tiene rostro.

Y las historias con rostro suelen acompañarnos durante bastante más tiempo que las diapositivas con porcentajes.


Una estructura sencilla en cuatro momentos

Para trabajar esto en presentaciones, entrevistas o intervenciones en público utilizo una estructura sencilla. No es una fórmula que haya que obedecer religiosamente —bastantes cosas tenemos ya que obedecer en la vida—, sino un mapa que ayuda a no perderse.

1. Abrir y situar. Explica de qué vas a hablar y ofrece al público un pequeño mapa. No hace falta revelar todo, pero sí permitir que la persona entienda hacia dónde vais juntos.

2. Desarrollar la información. Aquí aparecen las ideas principales, argumentos, datos o conceptos que quieres transmitir. La clave es conocer las ideas, no memorizar las frases. Cuando memorizamos demasiado, a veces estamos tan pendientes de recordar la siguiente palabra que nos olvidamos de la persona que tenemos delante.

3. Entrar en la historia y la emoción. Este es el momento en el que la información adquiere cuerpo. Puede aparecer una anécdota, una experiencia personal, una situación concreta o incluso una pequeña historia que ayude a comprender lo que estamos explicando. Lo importante es que no esté ahí como decoración. Tiene que estar conectada con la idea.

4. Volver al mensaje. Después de la historia regresamos a la información. Pero ya no volvemos al mismo lugar. Ahora el concepto está asociado a una experiencia y podemos cerrar preguntándonos: ¿qué quiero que se lleve la persona que me ha escuchado?

Dato → desarrollo → experiencia → sentido.

La estructura parece sencilla. Hacerla sencilla mientras hablamos ya requiere un poquito más de práctica.


La emoción no se coloca con pegamento

Hay otro detalle importante.

No podemos decidir: “En el minuto cuatro voy a emocionar”.

Bueno, podemos decidirlo. Otra cosa es que funcione.

La emoción necesita aparecer de manera orgánica. Especialmente en una entrevista o una conversación, las emociones intensas requieren tiempo y confianza. Lanzar una pregunta profundamente personal a alguien que acabamos de conocer puede generar justo lo contrario de lo que buscamos: que se cierre.

Por eso aquí entra una herramienta fundamental de la improvisación: la escucha activa.

Escuchar no consiste solamente en esperar nuestro turno para hablar. Significa observar qué acaba de aparecer, qué necesita la conversación y hasta dónde podemos profundizar sin forzarla.

Una buena entrevista no es una lista de preguntas, o un discurso sólo frases.

Es una conversación en la que algunas preguntas dejan de ser necesarias porque la respuesta anterior acaba de abrir una puerta mucho más interesante.


Comunicar con estructura sin sonar estructurado

Una de las dificultades habituales cuando alguien prepara una presentación es el miedo a quedarse en blanco. Entonces escribe todo. Luego memoriza todo. Y finalmente sube al escenario intentando recordar exactamente aquello que escribió.

El resultado puede ser correcto.

Pero muchas veces pierde vida.

Por eso en mis talleres trabajamos desde otro lugar: tener muy claro el mapa y permitirnos improvisar el camino.

Sé cuál es mi idea principal. Sé cuáles son los puntos que necesito atravesar. Sé qué historia quiero contar.

Pero no necesito saber cada frase.

Eso me permite mirar, respirar, escuchar una reacción, detenerme un momento o cambiar un ejemplo si noto que aquello que estoy explicando no está llegando.

La improvisación no significa rellenar huecos.

Significa estar suficientemente presente como para adaptar la forma sin perder el mensaje.


El cuerpo también cuenta la historia

Y todo esto no ocurre solamente con las palabras.

La comunicación también vive en la voz, la postura, la mirada, las pausas y el ritmo.

Podemos contar una historia emocionante a toda velocidad, mirando nuestras notas y utilizando exactamente el mismo tono durante cinco minutos. Probablemente conseguiremos que pierda buena parte de su fuerza.

A veces una pausa comunica más que otra frase.

A veces bajar la voz hace que alguien escuche con más atención.

A veces simplemente mirar a la persona a la que estamos hablando cambia completamente la conversación.

Por eso la improvisación teatral es un entrenamiento tan interesante para la comunicación: trabajamos al mismo tiempo con cuerpo, voz, escucha, emoción y estructura.


La emoción no sustituye la información

Y aquí haría una última aclaración.

No se trata de emocionar por emocionar.

Una presentación profesional no necesita convertirse en una película dramática. Ni hace falta revelar nuestros secretos familiares cada vez que presentamos el balance trimestral.

La emoción funciona cuando da sentido a la información.

Puede ser ilusión, sorpresa, curiosidad, miedo, orgullo, humor, frustración o ternura. A veces basta una pequeña experiencia verdadera para que una idea deje de ser abstracta.

Porque un dato puede informar.

Pero cuando ese dato encuentra una historia y una emoción que lo sostienen, la idea tiene muchas más posibilidades de permanecer con nosotros.

Y quizá eso sea comunicar con impacto: no conseguir que la gente recuerde todas nuestras palabras, sino que se lleve algo que todavía siga resonando cuando ya hemos terminado de hablar.


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