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¿De qué queremos hablar en la improvisación? EL TEMA

Foto del escritor: Franco Maestrini
Franco Maestrini
23 feb 2025
6 min de lectura

Actualizado: 15 oct


El TEMA en Impro

Cuando comenzamos a aprender improvisación teatral, lo primero que hacemos es jugar. Jugamos a escuchar, a aceptar propuestas, a construir personajes, a equivocarnos.

Después, casi sin darnos cuenta, empezamos a querer contar historias.

Primero son escenas breves. Luego aparecen historias más largas, personajes que necesitan algo, relaciones que se transforman y emociones que nos permiten conectar con lo que está sucediendo.

Pero llega un momento en el aprendizaje en el que aparece una pregunta diferente. Una pregunta que, para mí, abre una nueva puerta en la improvisación teatral:

¿De qué queremos hablar?

Y, sobre todo, ¿por qué queremos hablar de eso?

Ahí comienza otro viaje.


Del juego a las historias

En mis clases de improvisación observo cómo los alumnos y las alumnas van descubriendo nuevas necesidades a medida que avanzan.

Al principio, conseguir que una escena funcione ya es una pequeña conquista. Escuchar al compañero, aceptar una propuesta, construir un lugar, establecer una relación o descubrir qué necesita nuestro personaje.

Poco a poco, las escenas empiezan a quedarse cortas.

Queremos saber qué ocurre después. Qué consecuencias tienen las decisiones de los personajes. Cómo evolucionan sus relaciones. Qué sucede cuando aquello que desean parece imposible de conseguir.

Y entonces necesitamos nuevas herramientas.

Aparecen las estructuras narrativas, el desarrollo de personajes, los conflictos, las emociones y los formatos de historia larga o long form.

Aprendemos a sostener una historia durante más tiempo, a reconocer su recorrido y a construir un universo que tenga coherencia.

Pero todavía nos queda algo por descubrir.


El género nos ayuda a contar, pero no nos dice de qué hablamos

Imaginemos que decidimos improvisar una historia del oeste.

Tenemos un pueblo polvoriento, un sheriff, un salón lleno de personajes sospechosos y alguien que inevitablemente terminará entrando por una puerta de esas que se abren hacia los dos lados.

Ya tenemos un género.

El western nos propone un lenguaje, una estética, determinados personajes y una manera de construir el universo de nuestra historia.

También podemos elegir una ciencia ficción, una comedia romántica, una telenovela o un drama familiar.

Cada género nos ofrece posibilidades diferentes.

Después decidimos cómo vamos a contar esa historia. Quizás seguimos el viaje de un héroe que debe superar obstáculos, utilizamos un flashback para descubrir algo del pasado o construimos varias historias que terminan encontrándose.

El género nos ofrece un lenguaje. La estructura nos ayuda a organizar el relato. Pero el tema nos permite descubrir qué queremos decir con él.

Y esa diferencia es fundamental.


Cuando aparece el tema, la historia adquiere otra dimensión

Volvamos a nuestro western.

¿Qué ocurre si el sheriff es una persona discriminada por su origen o su orientación sexual y debe defender a un pueblo que nunca la ha aceptado?

Seguimos teniendo una historia del oeste. Puede haber persecuciones, duelos, caballos y personajes que escupen en el suelo con una precisión admirable.

Pero ahora también estamos hablando de discriminación, pertenencia, prejuicios y reconocimiento.

La historia comienza a tener otra profundidad.

Podemos hacer lo mismo con la ciencia ficción.

Imaginemos una colonia humana en otro planeta, gobernada por una autoridad que controla el acceso al oxígeno.

Tenemos tecnología, naves espaciales y un universo futurista. Pero, a través de esa historia, podemos hablar de corrupción política, desigualdad o abuso de poder.

El tema no reemplaza la historia: le da una dimensión humana que puede conectar con nuestra propia realidad.

Porque quizás nunca hemos viajado a otro planeta, pero todos conocemos alguna situación en la que el poder se utiliza de manera injusta.

Y ahí aparece la identificación del público.


El tema no es lo mismo que el argumento

Esta diferencia me parece especialmente interesante cuando trabajamos historias largas.

El argumento responde a la pregunta: ¿qué sucede?

El tema nos acerca a otra: ¿de qué estamos hablando realmente?

Por ejemplo, podemos contar la historia de dos hermanos que se disputan una herencia.

Ese es el argumento.

Pero quizás estamos hablando de la necesidad de reconocimiento, de los celos familiares, de la ambición o de nuestra dificultad para perdonar.

Incluso podemos ir un poco más lejos y preguntarnos qué mirada queremos explorar sobre ese tema.

¿El dinero destruye las relaciones? ¿O simplemente deja al descubierto conflictos que ya existían?

No necesitamos tener una respuesta definitiva.

A veces, lo más interesante de una historia es que nos permite hacernos preguntas que todavía no sabemos responder.


Cadena de favores: cuando un tema inspira un formato de improvisación

En el Laboratorio de Impro hemos trabajado investigando lenguajes, estructuras, formatos y maneras diferentes de construir historias.

Una de esas exploraciones fue Cadena de favores, un formato inspirado en la idea de que un pequeño acto de ayuda puede transformar la vida de otra persona y generar nuevas acciones.

La propuesta es sencilla: un personaje ayuda a otro, ese segundo personaje ayuda a un tercero y, de alguna manera, las consecuencias de esos actos terminan conectando las historias.

Pero lo que me interesa no es solamente la estructura que une a los personajes.

Es el tema que estamos explorando.

¿Hasta dónde puede llegar un acto de generosidad? ¿Qué nos impulsa a ayudar? ¿Puede una pequeña acción transformar una realidad mucho más grande?

A partir de esas preguntas, la improvisación empieza a investigar algo que nos importa.

Los personajes pueden equivocarse, actuar por interés, rechazar la ayuda o descubrir que aquello que hicieron tuvo consecuencias inesperadas.

No necesitamos construir una historia en la que todo el mundo sea bueno.

Necesitamos personajes humanos.

Y precisamente por eso, el tema puede adquirir fuerza.


¿Tenemos que hablar siempre de grandes temas?

No.

Y esto me parece importante aclararlo.

Trabajar con un tema no significa que todas nuestras improvisaciones deban hablar de injusticias sociales, conflictos existenciales o problemas que necesiten tres filósofos para resolverse.

También podemos hablar de la amistad, de la vergüenza, de los celos, del miedo a envejecer o de esa necesidad tan humana de tener razón incluso cuando sabemos perfectamente que no la tenemos.

La comedia también puede tener profundidad.

Una historia absurda sobre un hombre que intenta devolver una tostadora puede hablar de la burocracia, de la soledad o de nuestra dificultad para aceptar que hemos perdido.

La profundidad no depende de la solemnidad, sino de lo que somos capaces de descubrir a través de la historia.

Y a veces una buena carcajada nos permite reconocer algo de nosotros mismos con mucha más claridad que un discurso.


Un ejercicio para descubrir el tema de una historia

Te propongo una pequeña investigación que puedes realizar con tu grupo de improvisación.

Primero, elijan un género: ciencia ficción, western, drama o comedia.

Después, definan un protagonista, qué desea conseguir y qué obstáculos encuentra en su camino.

Hasta aquí estamos construyendo la historia.

Ahora viene lo interesante.

Pregúntense: ¿de qué nos gustaría hablar a través de esta historia?

Puede ser la libertad, la confianza, la ambición, el miedo al fracaso o la necesidad de pertenecer.

Improvisen una escena en la que ese tema aparezca a través de las decisiones y relaciones de los personajes, sin necesidad de mencionarlo directamente.

Al terminar, conversen sobre qué han descubierto.

No se trata de que los personajes expliquen el tema al público, sino de que lo vivan.

Porque una historia sobre la confianza no necesita que alguien diga «la confianza es muy importante».

Quizás alcanza con ver a un personaje entregar las llaves de su casa a alguien que acaba de traicionarlo.


Cuando la improvisación se acerca a la dramaturgia

Hay un momento en el recorrido de un improvisador en el que empezamos a hacernos preguntas que también se hacen quienes escriben y crean obras de teatro.

¿Por qué queremos contar esta historia? ¿Qué nos interesa explorar? ¿Qué mirada tenemos sobre lo que sucede? ¿Qué queremos compartir con el público?

En ese momento, la improvisación se acerca todavía más a la dramaturgia.

No porque antes careciera de ella, sino porque comenzamos a tomar conciencia de nuestras decisiones artísticas.

Ya no pensamos únicamente en sostener una escena, construir un personaje o resolver un conflicto.

Empezamos a preguntarnos qué necesidad tenemos, como artistas, de hablar de determinadas cosas.

Y creo que ahí aparece una de las posibilidades más hermosas de la improvisación teatral.

El tema abraza al género, a los personajes, a las relaciones y a la estructura, y les da una dirección, una resonancia y una razón para encontrarse.

No garantiza que la historia sea buena. Tampoco necesitamos imponer un mensaje ni llegar a una conclusión moral.

Pero puede conseguir algo mucho más interesante: que detrás de lo que sucede en escena exista una pregunta que nos importe.

Y que esa pregunta siga acompañando al público cuando la función haya terminado.

Porque improvisar no es solamente inventar lo que sucede.

También es descubrir qué tenemos ganas de contar sobre el mundo que habitamos.

Y quizás esa sea una de las grandes aventuras de seguir aprendiendo improvisación: pasar de preguntarnos «¿qué hacemos ahora?» a preguntarnos «¿qué queremos decir con todo esto?».



Para más consejos y talleres de improvisación, visita www.francomaestrini.com o Escuela de Impro de Barcelona. ¡Nos vemos en el escenario! 🌟




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