Género, trama y estructura: el esqueleto de una historia improvisada.


Hay un momento en las clases de improvisación en el que algo cambia. Dejamos de hacer escenas de tres o cuatro minutos y empezamos a querer contar historias más largas. Veinte minutos. Treinta. Cuarenta.
Y entonces aparece una pregunta bastante razonable: ¿cómo conseguimos que cinco o tres personas cuenten la misma historia si ninguna sabe cuál es?
Porque improvisar no significa que cada uno salga a escena con su película particular en la cabeza. Eso puede generar cinco películas estupendas, pero proyectadas al mismo tiempo suele ser una experiencia bastante confusa.
Cuando empezamos a trabajar historias largas en improvisación teatral, hay tres conceptos que ayudan muchísimo: género, trama y estructura. Se parecen, se mezclan y trabajan juntos, pero no son exactamente lo mismo.
Son tres capas que permiten que varias personas se entiendan narrativamente sin ponerse de acuerdo antes sobre lo que va a pasar.
El género: el idioma de la historia
El género es probablemente lo primero que reconocemos.
Ciencia ficción. Telenovela. Western. Terror. Policial. Comedia romántica.
Cada género trae consigo un pequeño mundo.
Si estamos improvisando ciencia ficción, aparecen determinadas maneras de movernos, de utilizar el espacio, de construir objetos que no existen y hasta de hablar. Una silla deja de ser una silla y se convierte en el puesto de mando de una nave. Una puerta imaginaria necesita algún sonido tecnológico y, por alguna razón, casi todos terminamos haciendo “pssssshhh”.
No está escrito en ningún sitio. Pero lo sabemos.
Después de años viendo películas y series tenemos incorporados muchos códigos narrativos. El propio McKee señala que el público llega a las historias con expectativas aprendidas durante toda una vida viendo cine, y que los géneros manejan convenciones reconocibles de ambientación, personajes y acontecimientos.
Por eso el género es tan útil en impro: nos permite hablar un idioma común sin tener que reunirnos antes para decidirlo todo.
Pero saber que estamos haciendo ciencia ficción no significa todavía saber qué historia estamos contando.
La trama: ¿de qué va esto?
Aquí aparece la trama.
Podemos hacer ciencia ficción y contar una misión de rescate. O una invasión alienígena. O el primer contacto con otra civilización. O la historia de alguien que intenta impedir la destrucción del planeta.
Son todas ciencia ficción, pero no son la misma historia.
Para trabajar con alumnos y alumnas, a mí me resulta útil pensar la trama como una pregunta muy sencilla:
¿De qué va nuestra historia?¿De que se trata?
No qué decorado imaginario tenemos. No qué género estamos jugando. Sino qué está ocurriendo.
Con una telenovela sucede lo mismo. El género nos ofrece familias poderosas, secretos, diferencias sociales, amores imposibles, herencias y una señora que lleva veinticinco años sabiendo la verdad pero ha decidido contarla exactamente esta tarde.
La trama puede ser otra cosa: una historia de ascenso social, una venganza, una identidad oculta, una lucha por una herencia o dos familias enfrentadas.
El género nos da el mundo.
La trama nos da el camino que estamos empezando a recorrer.
Entonces, ¿qué es la estructura?
La estructura es otra cosa.
Es cómo organizamos ese camino para que termine convirtiéndose en una historia.
Puede haber un comienzo donde conocemos el mundo y los personajes. Algo rompe ese equilibrio. Aparece un objetivo o una necesidad. Las dificultades aumentan. Los personajes toman decisiones. Esas decisiones tienen consecuencias. Llegamos a algún tipo de momento decisivo y finalmente algo se resuelve o se transforma.
No significa que tengamos que seguir una fórmula matemática.
De hecho, diferentes historias pueden organizar esos momentos de maneras muy distintas. Incluso dentro del cine, el número y la posición de los grandes cambios narrativos dependen del género, de los protagonistas, de los conflictos y del propio material de la historia.
Por eso yo diferenciaría así las tres cosas:
El género nos dice qué idioma hablamos.
La trama nos dice qué historia estamos contando.
La estructura nos ayuda a entender cómo esa historia avanza.
Y ahí empiezan a encajar muchas cosas.
Las primeras escenas son señales de tráfico
En una historia larga improvisada, las primeras escenas tienen una función muy importante.
No solo presentamos personajes al público.
También nos estamos dando información entre nosotros.
Imaginemos que estamos haciendo ciencia ficción. Mi personaje recibe una misión: debe viajar a una estación espacial porque hace seis meses que nadie responde desde allí.
Ya he hecho varias propuestas sin explicar nada.
Tenemos género.
Empieza a aparecer una trama: una misión.
Y además hemos colocado algo en la estructura: un acontecimiento que rompe la normalidad y pone al personaje en movimiento.
Yo no sé qué va a pasar en la estación.
Mis compañeros tampoco.
Y eso es justamente lo maravilloso que vamos. adescubrir improvisando.
La improvisación teatral funciona creando la ficción en el mismo momento en que se representa; el improvisador participa también en la dramaturgia y las propuestas del grupo van concretando la historia poco a poco.
La primera escena no tiene que explicar toda la película.
Tiene que dejar pistas suficientemente claras para que los demás puedan jugar con ellas.
El viaje del héroe nos ayuda a reconocer el movimiento
Cuando empezamos a trabajar historias largas, también utilizamos el viaje del héroe como otra referencia.
Campbell encuentra en muchos relatos un movimiento de partida, entrada en un mundo desconocido, pruebas, transformación y regreso.
No significa que mientras improvisamos tengamos que pensar: “Ahora viene el cruce del umbral”. Si alguien está haciendo cálculos de estructura mientras su compañero le confiesa que es su padre, quizá se esté perdiendo una escena bastante interesante.
El viaje del héroe sirve para entrenar la mirada, no para dirigir la escena desde la cabeza.
Nos ayuda a reconocer algo sencillo: un personaje estaba de una manera, ocurre algo que lo obliga a moverse, atraviesa dificultades, toma decisiones y termina transformado por lo que ha vivido.
La estructura empieza a aparecer sola cuando aprendemos a reconocer esos movimientos.
Menos posibilidades, más historia
Al comenzar una improvisación larga tenemos infinitas posibilidades.
Eso parece una ventaja, pero también es un problema.
Todo puede pasar.
Entonces elegimos: ciencia ficción.
Ya tenemos menos posibilidades.
Una misión.
Menos.
Una tripulación debe encontrar una estación desaparecida.
Menos.
La capitana descubre que su hijo estaba destinado allí.
De repente tenemos muchísimas menos posibilidades… y muchísimo más material para improvisar.
Esa es una de las paradojas más bonitas de contar historias: cuando dejamos de intentar mantener abiertas todas las puertas, alguna puerta empieza a llevar realmente a algún sitio.
El esqueleto no es la historia
Por eso me gusta hablar de un esqueleto narrativo.
El género no nos cuenta la historia. La trama tampoco la termina. Y la estructura no debería convertirse en una cárcel.
Son apoyos para que varias personas puedan construir juntas algo que todavía no existe.
El género nos ayuda a compartir el lenguaje.
La trama nos permite reconocer hacia dónde estamos jugando.
La estructura nos ayuda a sentir cuando algo empieza, cuando cambia, cuando se complica y cuando necesita terminar.
Aprender a contar historias largas es uno de los pasos más apasionantes de la formación en improvisación. De repente dejamos de pensar solamente en “hacer una buena escena” y empezamos a descubrir cómo construir universos, personajes y relatos junto a otras personas.
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