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Trabajar las emociones en improvisación sin quedarte atrapado en ellas

  • Foto del escritor: Franco Maestrini
    Franco Maestrini
  • 17 jul
  • 4 min de lectura
Alumnos trabajando las emociones mediante ejercicios de improvisación teatral en Barcelona

Hay alumnos y alumnas que pueden convertirse sin miedo en un gigante, en una anciana de doscientos años o en la capitana de una nave espacial.

Caminan como el personaje, dan órdenes a la tripulación, salvan una galaxia y, cuando termina la improvisación, vuelven tranquilamente a su casa. Nadie sale de clase preocupado pensando:

—¿Y si me quedo enganchado para siempre siendo capitán de una nave?

Sin embargo, cuando proponemos trabajar con las emociones, aparece otra clase de temor.

—¿Y si me enamoro de verdad?—¿Y si este enfado es mío?—¿Y si me pongo triste y después no puedo salir de esa emoción?

Es curioso. Nos permitimos transformar el cuerpo, inventar pensamientos imposibles y defender ideas que no compartimos. Pero cuando aparece una emoción, creemos que estamos revelando una verdad secreta sobre nosotros mismos.

Como si sentir una emoción significara convertirnos definitivamente en ella.


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Las emociones también son herramientas de creación

En improvisación teatral utilizamos diferentes instrumentos: el cuerpo, el gesto, la acción, el pensamiento, la palabra y la emoción.

Podemos entrar y salir de todos ellos.

Si interpreto a un gigante, modifico mi cuerpo. Si soy la capitana de una nave, organizo mis pensamientos y tomo decisiones desde ese personaje. Si entro en una escena profundamente enamorado, utilizo una emoción para expresar una información concreta.

Pero no soy el gigante. No soy la capitana. Y tampoco tengo que estar enamorándome realmente de la persona que tengo delante.

Estoy utilizando herramientas para crear una verdad escénica.

El problema es que no siempre hemos aprendido a relacionarnos con nuestras emociones de esta manera. Con frecuencia nos han educado para contenerlas, disimularlas o bajarles rápidamente el volumen.

“No llores.”“No te enfades.”“No exageres.”“No te pongas así.”

Y después llegamos a una clase de teatro y alguien nos dice:

—Enamórate con todo tu cuerpo.

Normal que aparezca el freno de mano.


Sentir una emoción no significa quedarse a vivir en ella

Durante la vida atravesamos momentos de alegría, tristeza, miedo, deseo, rabia o ternura. Sentir tristeza no significa que vayamos a permanecer tristes para siempre. Sentir enfado no nos convierte en personas enfadadas. Sentir amor tampoco nos obliga a elegir el restaurante de la boda.

Las emociones se mueven, cambian y se transforman.

En el trabajo de improvisación acompañamos a los alumnos y alumnas a investigar cómo aparece cada emoción, dónde la sienten y qué movimiento produce en su cuerpo.

No existe una única manera correcta de sentirla. Alguien puede localizarla en el pecho, en el estómago, en la respiración, en las piernas o en una especie de espacio energético alrededor del cuerpo.

Lo importante no es definir científicamente dónde vive la emoción. Lo importante es descubrir qué provoca cuando le damos permiso para expresarse.


La medida emocional transforma el cuerpo y la palabra

Una emoción no tiene una sola intensidad.

Imaginemos una escena cotidiana: una persona está barriendo el suelo mientras está enfadada.

Con un enfado de medida uno, quizá apriete ligeramente la mandíbula y barra un poco más rápido. En una medida cinco, el cuerpo puede volverse rígido y cada movimiento de la escoba empezar a parecer una declaración de guerra. En una medida diez, posiblemente esa escoba deje de ser una escoba y se convierta en el último símbolo de una civilización que está a punto de derrumbarse.

La acción es la misma: barrer.

Pero la medida de la emoción transforma el cuerpo, el ritmo, la respiración, la mirada y también las palabras.

Cuando modificamos la intensidad emocional, toda la escena comienza a cambiar.

Por eso investigamos diferentes medidas. Probamos, exageramos, reducimos, sostenemos y transformamos. Descubrimos qué necesita esa emoción para ser escuchada, accionada y verbalizada.


“Esta emoción es mía” no significa “esto soy yo”

La confusión puede aparecer especialmente en las improvisaciones cotidianas.

Cuando interpretamos a un extraterrestre con ocho brazos, la distancia entre el personaje y nosotros resulta evidente. Pero cuando representamos una conversación de pareja, una discusión familiar o un conflicto laboral, el personaje se parece más a nuestra vida.

Entonces puede aparecer la idea:

—Este soy yo.

En realidad, podríamos formularlo de otra manera:

—Esta emoción forma parte de mí y puedo utilizarla para que el personaje se exprese.

Ese pequeño cambio abre una enorme libertad.

Ya no necesito rechazar la emoción ni identificarme completamente con ella. Puedo escucharla, jugar con su intensidad y ponerla al servicio de la escena.

La emoción deja de ser una amenaza y se convierte en lenguaje.


La verdad escénica aparece cuando todo se une

Cuando la emoción, el cuerpo y la palabra comienzan a trabajar juntos, aparece la verdad escénica.

No se trata de sufrir realmente ni de engañarnos pensando que la ficción es la vida. Se trata de permitir que la emoción transforme de verdad lo que hacemos dentro de la escena.

Que el enfado modifique el cuerpo.Que la ternura cambie la voz.Que el miedo altere el ritmo.Que el deseo afecte a las palabras que elegimos.

Con práctica y diferentes ejercicios de improvisación, ampliamos nuestra zona de confort emocional. Aprendemos a entrar, permanecer y salir de una emoción sin quedarnos atrapados en ella.

Entonces podemos amar, odiar, llorar, reír, discutir y reconciliarnos con libertad.

Durante unos minutos, claro.

Después se termina la escena, respiramos y volvemos a ser nosotros. Aunque quizá regresemos con una herramienta más, una posibilidad nueva y un poco menos de miedo a sentir.


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